Vuelvo a la carga con otra historia, esta vez de intriga. Todo escritor de baja estofa que se precie (yo no me considero lo primero, pero si lo segundo) debe contar alguna historia de este tipo, copias baratas de Agatha Christie y a ser posible malas a rabiar. Jeremy Partner es un detective de métodos cuestionables y principios nulos, uno de esos que a mi me gustan tanto. Se me ocurrió hace muchos años y ha estado descansado en un cajón, a la espera del momento oportuno para salir a la luz. No se si ha llegado ya, pero, por si acaso, le he dejado asomar la gaita
Tengo intención de escribir varios casos distintos de este personajillo. Este es sólo el primero. Obviamente en esta entrada no está completo, es sólo el principio de esta historia. Intentaré que la historia completa no sea excesivamente larga. A ver si consigo engancharos.
Echadle un ojo, seguro que después de tres actos más os acaba gustando.
El Caso de la Condesa Ravenshire
ACTO I
Jeremy Partner dormitaba en la silla, apoyados los pies en el viejo escritorio, cuando el timbre de la puerta sonó. Sus entrenados reflejos se activaron, y, con un respingo, apartó la silla y sacó la pistola de la funda del costado. El timbre volvió a sonar, esta vez con insistencia, sacando del sopor a Jeremy, que se percató de que no estaba sufriendo ningún ataque. Enfundó el arma y se dirigió a la entrada, donde el visitante continuaba llamando a la puerta. Al abrir y contemplar a la persona que se hallaba en el exterior no pudo sino soltar una maldición.
- Yo también me alegro de verte, querido.
La condesa Ravenshire era una mujer de unos sesenta años ostentosa y elegante, que conservaba rasgos de lo que debió ser una despampanante belleza en la juventud. También poseía una arrogancia exclusiva, muy acorde con su clase y condición social. Sin esperar a ser invitada, la condesa atravesó el umbral de la puerta y se plantó en medio del salón-despacho. La vivienda de Partner consistía en una habitación y cocina minúsculos, un baño a juego y un salón recibidor que había convertido en su despacho. Una mueca de asco cruzó el rostro de la mujer mientras contemplaba minuciosamente el apartamento.
- Eres todo un prototipo de detective, Jeremy. Cada detalle de ti apesta a una mezcla de Humphrey Bogart y novela negra barata. Baratísima, diría yo.
- Siempre es un placer verla, condesa. ¿Una tacita de whiskey? Tengo entendido que es muy de su agrado.
- Llámame Miranda, hijo, déjate los formalismos para las que no te hayan visto desnudo... ¿Whiskey, me decías? ¿Para tanto te da tu mísero sueldo? – se quedó unos segundos con mirada pensativa - Aunque, claro, con la fortuna que te dí por el trabajo que hiciste te tiene que haber dado para hincharte a alcohol los últimos tres años... En fin, aceptaré encantada esa copa.
Mientras Jeremy se dirigía al mueble bar, recordó la primera vez que conoció a Miranda, hace unos dos años y medio. La mujer había perdido a su marido cuatro años atrás. Este le había dejado en herencia el título de condesa, una fortuna en libras, múltiples posesiones en Inglaterra y una hija preciosa con años suficientes como para atraer los pensamientos impuros de los hombres. Tras un período de duelo escandalosamente corto comenzó a dejarse ver en las distintas fiestas y actos benéficos acompañada de un magnate yanqui, el cual iba detrás del título, la fortuna y la hija de Miranda. Después de un año de feliz convivencia decidieron casarse. La boda fue de alto copete y causó un gran revuelo en la alta sociedad por los múltiples derroches que hubo durante la celebración. Pero, por fortuna, todo fue bien para la dichosa pareja.
- Muchas gracias. - la mujer bebió un largo sorbo de licor.- Iré directa al grano: necesito que me hagas otro trabajo, detective. No tiene nada que ver con el de la última vez, eso era trabajo de parvulario. Supongo que te acordarás, ¿no?
A los pocos meses de la boda, la condesa acudió a Jeremy Partner, recomendado por una amistad común. La mujer sospechaba que su querido Harris le estaba siendo infiel y que, aún peor, se gastaba el dinero de ella en prostitutas de lujo y grandes orgías. La condesa Ravenshire dejó el caso en manos de Partner, que actuó con eficacia, profesionalidad y mucha mano izquierda: consiguió grabar imágenes del magnate en pleno apogeo en distintas ocasiones. Jeremy recibió una millonada por el caso, el yanqui acabó en los juzgados acusado de infidelidad y la condesa se fue a su casa con las tres cuartas partes del imperio del hombre de negocios en el bolsillo.
- Esta vez es distinto, muy distinto. No se trata de grabar al depravado de mi ex-marido, o de sacar fotos a algún miembro del servicio con la mano muy larga. Va a requerir de toda tu habilidad, y espero que no la cagues por el camino... como la otra vez.
Pero, por desgracia, no todo salió bien. El detective había conocido a la joven hija de la condesa durante los tres meses de investigación. Desde el primer momento ambos sintieron una atracción fatal. Partner era un hombre normal físicamente hablando: de un metro setenta y pico, en forma, de facciones correctas y pelo abundante, rubio y corto. El atractivo principal se encontraba en su mirada, en los penetrantes ojos verdes que parecían darse cuenta de todos los detalles y ver más allá de las apariencias. Y en el aire de tipo duro que destilaba con su indumentaria y su forma de ser. O al menos eso creía él.
El caso es que Jeremy acudía a menudo a ver a la condesa con cualquier pretexto, y, de paso, saludaba a la hija, teniendo algún que otro detalle bonito con ella. Hasta que un día le echó valor y la invitó a cenar.
- A pesar de todo, ambos trabajos van a guardar algo en común, cariño.
Aprovechando que la residencia del centro de Londres estaba vacía de personal de servicio, decidieron ir a tomar la penúltima copa allí. Lo que no sabían es que la condesa acudía a un acto social en un edificio de la City. Miranda entró en la casa buscando un visón más abrigado cuando, entre apasionados besos y frenéticos empujones, hacían el amor en el salón. La cita acabó de sopetón, la relación fue cortada de raíz y la condesa no quiso saber nada más de aquel desgraciado de Jeremy Partner bajo pena de muerte. Hasta la fecha, claro.
- Va a ser difícil, ya lo creo que si. Tendrás que infiltrarte, acercarte a tu objetivo, convertirte en su confidente, escurrirte entre las sombras... ¿Me estás escuchando, despropósito andante?
Jeremy volvió de sus recuerdos.
- ¿Acaso lo duda?
- No me hagas responder a eso... ¿Aceptas el caso o no?
No terminaba de sonar claro y el detective sabía que faltaba algo por aclarar, pero, por algún motivo (probablemente la botella de whiskey que se había bebido para comer), Partner no se lo pensó dos veces y aceptó sin preguntar más.
- Cuente conmigo. ¿Quién es el pobre objeto de sus perversidades?
- Eso es lo mejor de todo, querido, que ya juegas en terreno conocido. Se trata de Frank Milton.
El nombre le sonaba terriblemente familiar. Tras unos segundos, cayó en la cuenta.
- No tendrá nada que ver con...
- Oh, ya lo creo que sí. El pequeño Franky. El hijo de Harris Milton. Te acuerdas de él, ¿verdad?
Lo bueno de ir en un coche con chófer cuando vas con resaca es que puedes dedicar el tiempo del trayecto a dormir la mona. Lo malo es que cuando llevas acompañante, las posibilidades se reducen. Y más si se trata de Miranda Ravenshire contándote todos los detalles del caso. Si hubiera sabido de quién se trataba el objetivo, habría mandado a la mierda a la señora condesa. Sus reflejos de profesional le estaban fallando. Maldito whiskey. Maldita ginebra.
Partner llevaba una hora aguantando estoicamente el monólogo de la condesa. Le había explicado que, cuando se divorció de Harris, el empresario dimitió de su cargo y delegó sobre su hijo Frank, un chico de veintipocos años que estaba aprendiendo a desenvolverse en el peligroso mundo de los negocios. A causa del escándalo de su padre, el hijo decidió que sería más conveniente llevarse bien con las otras tres cuartas partes de la empresa y limpiar su imagen, por lo que se fue a vivir con su madrastra, Miranda, quien le aceptó encantada. Ambos se llevaban muy bien y estaban sacando mucho partido a la empresa juntos, ya que la condesa había delegado extraoficialmente el control sobre el chico para facilitar los negocios.
Últimamente no iba todo muy bien. La empresa hacía mucho dinero, pero las cuentas no salían claras. Miranda se temía que Frank estaba usando la compañía para realizar operaciones ilegales. No tenía ni idea de si se trataba de drogas, blanqueo de dinero o lo que fuera, pero lo que sí tenía claro es que no iba a permitir que las actividades fraudulentas de su hijastro ensuciaran su nombre, la reputación de la compañía y la futura boda de su hija, Anna, con un niño bien de la nobleza inglesa.
Y ahí es donde entraba Jeremy. Su misión consistía en acercarse poco a poco a Frank, usando una coartada creada por la condesa en la que él simulaba ser un hombre de negocios venido a menos cuyos padres, con ascendencia noble, eran amigos de la familia. Debía de fingir ser un poco dandi y tener mucho interés en hacer dinero fácil.
“Eso no me costará mucho” pensó Partner. Tendría que hacer buenas migas con Frank y conseguir que le hiciera participe de sus tramas, si es que las había. Para ello, nada mejor que la fiesta que daba la condesa en su mansión de campo en las cercanías de Londres con motivo del anuncio de la boda de su hija, que se casaba al mes siguiente, en primavera. Los invitados serían todos gente de confianza y allegados, no más de 20 personas, entre los que se encontraban (incluyendo a la condesa y a Anna) el futuro novio, los padres de este, el tío Freddy (que era el hermano del difunto conde), el viejo mariscal Hackenborough (supuestamente, el nuevo pretendiente de la condesa), Frank Milton, el barón Rush y su esposa, tres amigas de la novia, Steve MacAndish, un rico banquero amigo de la familia, la anciana señora Delaveur, pariente lejana de Miranda y dos parejas mayores, íntimos de la familia del novio. A este pequeño desfile de la alta nobleza y prósperos empresarios había que añadirle la presencia un tanto extraña del detective, que no terminaba de entender como no iba a llamar la atención y levantar sospechas con su conversación sobre fútbol, armas y mujeres. Por lo menos Anna estaba avisada de su misión allí, evitando así caras de sorpresa o reacciones inesperadas.
La mansión era una preciosa casa de tres pisos en mitad de un gran bosque, rodeada de un enorme y bien cuidado jardín. La planta estaba dividida en tres partes: la parte central, dónde se encontraban las estancias comunes; el ala izquierda, zona de habitaciones y estancias privadas; y el ala derecha, en la que residía el servicio y se encontraban los comedores.
- Ya hemos llegado. – dijo la condesa. – Recuerda bien todo lo que te he dicho y no metas la pata. Y, por favor, procura comportarte con decoro y acorde a tu situación.
La primera persona que vieron al bajar del coche fue a Anna, que les esperaba en el garaje.
- Hola, mamá. Hola, Jeremy. Cuánto tiempo.
- Hola, Anna.
- Pasaré por alto este fallo en el guión porque estamos solos, pero de ahora en adelante te referirás a él con el nombre de William Langley. Y tú, mentecato, esos no son los modales de un señorito. Demuéstrame que vales lo que te voy a pagar. – y dio por finalizada la conversación subiendo por las escaleras en dirección a la mansión.
- Mamá aún no te ha perdonado lo de la última vez – le susurró Anna a Jeremy cuando la condesa se fue.
- De eso ya me he dado cuenta yo solito. ¿Qué tal te va todo? He oído que vas a casarte.
Una expresión de fastidio cruzó el rostro de Anna.
- Sí. Has oído bien.
- Deduzco por tu expresión que no estás contenta.
- Sí…
- ¿Pero…?
- Nada. Simplemente no es mi ideal de marido.
- Nena, ya sé que dejé el listón muy alto.
La mueca de fastidio se convirtió en un bufido con gesto despectivo, que acompañó a Anna mientras salía del garaje. Jeremy esbozó media sonrisa y dedicó unos minutos a contemplar la larga lista de vehículos de lujo que habían aparcado allí. Emitió un silbido de admiración, se alisó el traje y procedió a subir a la casa.
La cena de celebración tendría lugar dos días después de la llegada de la condesa, dando así tiempo a que llegaran todos los demás invitados. Por fortuna para el caso de Partner, Frank ya se encontraba allí, y, para sorpresa del detective, resultó ser un yanqui condenadamente simpático, juerguista y trasnochador, por lo que se cayeron muy bien. El futuro marido de Anna era todo lo contrario a ellos dos: estirado, relamido y un tanto afeminado: prefería la conversación banal y políticamente correcta sobre el tiempo o la vida de la alta sociedad a las discusiones sobre deportes y mujeres. Cuando Partner coincidía con Anna en la habitación pasaba más tiempo lanzándola miradas furtivas que atendiendo a la aburrida charla que ocupaba a los demás invitados, hasta que Frank conseguía escabullirse con algún falso pretexto y arrastrar a Jeremy detrás de él.
La víspera de la cena, el detective consiguió forzar un encuentro casual con Anna, mientras esta daba un paseo sola por los jardines.
- ¿Huyendo de tus obligaciones? – preguntó Partner, provocando que Anna diera un brinco de sorpresa.
- No se te escapa una, detective. No me hables de obligaciones… Están siendo los días más aburridos de mi vida. Tanto viejo con su charla estúpida. Y encima, Edward, mi prometido, no es que me ayude a distraerme, precisamente. Todo lo que hace es mantener su pose de aburrido y viejo de alta alcurnia, igualito que su aburrido y viejo padre. El único que me hace reírme es el tío Freddy, pero casi no paso tiempo con él. Me das una envidia… ¡Vosotros dos no hacéis más que reíros y acosar a mis amigas!
- Eh, que se trata de una misión de alto secreto.
- Venga ya, Jeremy, Frank te cae genial. Es igualito que tú, pero con dinero.
- Nah, carece de mi sofisticación inglesa.
Anna enarcó una ceja, con cara de diversión.
- Creo que el papel se te está subiendo a la cabeza. Al final va a acabar creyéndotelo tú también.
- Es que soy muy bueno – contestó Jeremy al tiempo que levantaba las cejas dos veces seguidas.
- ¡Ah, cariño, por fin te encuentro! – el tonillo ridículo de la voz de Edward hizo que los dos se giraran, sobresaltados.
El noble inglés venía hacía ellosa grandes zancadas.
- ¡La condesa te está buscando, Anna! Quiere que nos hagamos una foto de familia con mis padres.
- Je, típico de mi madre, no permitir que esté a solas un minuto. Y menos contigo. – dijo la chica en un susurro. – Luego hablamos, William, que tengas una buena tarde.
- Adiós, Anna. – dijo Jeremy mientras la veía irse en dirección a Edward, quién le dirigió una airada mirada al detective. Antes de entrar, Anna se giró un poco y dedicó al detective un guiño de ojo muy cómplice. Con una sonrisa de bobalicón impresa en el rostro, Jeremy paseó por los jardines recordando la fantástica noche que pasaron juntos. A pesar de la condesa, claro.
Esa noche, la cena fue un pequeño ensayo de lo que sería el banquete del día siguiente, ya que habían llegado todos los invitados. La conversación era una mezcla de charlas sobre la celebración, la boda o las desgracias de algún personaje público intercaladas con las risas de las amigas de Anna, que contestaban a las provocaciones de Frank y Jeremy.
- William, no puedo permitirme el lujo de que desaparezcas de mi vida después de estos agradables días. Así que te vendrás conmigo pasado mañana y me acompañarás en mi viaje a Estados Unidos, ¿te parece? No es una proposición, ¡es una imposición! No aceptaré una negativa por respuesta. Allí sí que nos lo vamos a pasar bien… ¡Las chicas se mueren por los europeos ricos y con estilo! – acompañó sus palabras con una sonora carcajada y una palmada en el hombre de Jeremy, más fuerte de lo normal a causa de la gran cantidad de alcohol ingerido. Frank era el típico americano grandullón, y sus “palmadas amistosas” no eran cosa de risa: medía un metro ochenta, mandíbula fuerte y complexión atlética. Todo esto acompañado de una cara agraciada, un pelo castaño peinado hacia atrás y unos ojos azules muy claros que hacían que las chicas no tuvieran reparo en meterse entre sus sábanas. – Luego tendré que volver a Londres, así que no estarás mucho tiempo lejos de tu casa, ¿eh? Iremos en mi jet privado. ¡Y que se vengan también las amigas de la novia! – y volvió a reír, coreado por las tres chicas.
- Claro que sí, Frank. Para mí será todo un honor. – los ojos del detective estaban ahora fijos en la condesa, que fingía hablar con el banquero. La mujer le miró por el rabillo del ojo e hizo un leve gesto de afirmación con la cabeza, para demostrar su aprobación ante el progreso de Jeremy. Después de eso, Partner desvió su mirada hasta Anna, quién también lo estaba mirando de reojo. Ella, en vez de inclinar la cabeza, le dedicó una radiante sonrisa, que provocó una respuesta automática y similar en la boca del detective.
La cena acabó a las once, todo lo tarde que se puede acabar una cena en las costumbres inglesas. La gran mayoría de los invitados se fueron a dormir, a excepción de los más jóvenes, que decidieron alargar la velada tomando un par de copas más. El único que no se quedó fue Edward, que alegó sufrir dolor de cabeza. Como se encontraban allí las amigas de Anna, no puso muchas pegas cuando ella le dijo que pensaba quedarse un rato más. Estuvieron bebiendo un rato, entre risas y los intentos de Frank de conquistar a las tres chicas. A la vez, claro está.
Ajenos a las conversaciones subidas de tono, Anna y Jeremy charlaban tranquilamente en un sofá. Partner le contaba por lo bajo cómo habían sido los últimos años, el poco trabajo que había tenido y la mala vida que llevaba; y ella, por su parte, le relató cómo su madre conoció a los padres Edward, cómo les empujaron a verse y cómo, finalmente, consiguieron que acabaran prometiéndose.
- ¿Cómo lo permitiste, Anna? Quiero decir, no pareces de esas chicas que hacen las cosas porque lo diga su madre, y menos sin oponer resistencia.
- Oh, no te creas que no me peleé con mi madre, por supuesto que lo hice. Pero… No se… Supongo que al final me dio un ataque de responsabilidad y decidí que era lo mejor que podía hacer. No quería volver a pelearme con mi madre, es una cabeza loca y necesita que este cerca para controlarla un poco. Y la verdad es que desde que estuve contigo no volví a salir con nadie. Por eso le di una oportunidad a Edward. Me convencí de que ya no ibas a reaparecer en mi vida y que por nada del mundo íbamos a acabar juntos.
- Vaya, no sabía que te causé esa impresión. Y eso que fue sólo una noche lo que estuvimos juntos – comentó Jeremy levantando otra vez las cejas al mismo tiempo.
- ¡No seas inmaduro, William! – le regañó Anna, entre risas. – No me calaste hondo sólo por eso, tonto. Supongo que hubo algo más, quizá el ver que eras tan persistente con tus visitas, tan romántico con detalles pequeños… No se por qué demonios acabé enamorándome de ti.
A Jeremy se le secó la boca y el estómago le dio un vuelco. Jamás habría pensado que la preciosa Anna Ravenshire había estado enamorada de él, el más sucio de los detectives. Qué tópico más típico, pensó. Y entonces sintió unas ganas enormes de besarla allí mismo.
- En fin, dejemos de añorar lo que no pudo ser, ahora es diferente. Estoy prometida con Edward. No es mal tipo, es cariñoso y atento, y me trata muy bien. Sólo es un poco… Estirado. Y aburrido. Y pedante. Sobre todo pedante. Pero me quiere, y eso me importa.
- Bueno, parejita. – dijo una voz pastosa cortando la conversación. – Nosh vamosh a la cama ya. Cada uno a la suya, claro…– Frank hizo un amago de guiño – He bebido demashiado y las chicas tienen sueño, mañana seguiremosh con nuestra conversación. Que pashes buena noche, hermanita – y plantó un sonoro beso en la mejilla de Anna.
- Que descanses tú también, bebedor empedernido. – contestó ella con una sonrisa.
- Esha es mi verdadera vocación… ¡Buenash nochesh, amado William! ¡Mañana planearemos nuestro viaje al paísh de la libertad! – y subió dando tumbos por las escaleras, agarrado a las tres chicas mientras cantaba el himno estadounidense: “oooh, shay can you sheeee…by the dawn´s early light…”.
- Vaya personaje está hecho. – dijo Jeremy.
- Te cae bien, ¿verdad? Yo no creo que esté metido en nada sucio, es muy distinto de su padre. No sé porque mi madre sospecha de él.
- Yo tampoco. De momento no he visto nada raro.
Durante un breve momento, ambos se quedaron mirando fijamente. “Tiene los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida”, pensó Partner. Y volvió a sentir el impulso de besarla, aumentado ahora por la intimidad del momento.
Ella parecía dispuesta.
Él se fue acercando poco a poco, apoyada su mano en la mano de ella, y el brazo que le quedaba libre puesto por encima del sofá intentado rodearla por detrás.
Ella se inclinó ligeramente hacia delante, aproximando sus labios a los de él.
Las distancias se acortaron, los cuerpos se juntaron, las manos se entrelazaron y los labios se unieron en un cálido beso que hablaba de mucho tiempo perdido.
Ella casi había olvidado lo que era besarle a él, siempre con su barba de pocos días y su tacto rudo.
Él, por su parte, casi había olvidado lo que era besar a una mujer que te gusta de verdad.
La pasión iba en aumento y el beso se prolongaba poco a poco cuando se oyó un ruido de puerta al cerrarse. Ambos se apartaron, sobresaltados. Al instante, el rubor se apoderó de ella.
- Será mejor que nos vayamos a dormir. – dijo Anna, levantándose rápidamente del sofá.
- No, espera, no te vayas.
- Déjalo, Jeremy, esto no está bien, no tiene futuro. Es lo mejor para los dos, creeme. – y desapareció corriendo escaleras arriba.
Partner permaneció callado, contemplando la rica alfombra que cubría las losas de mármol del suelo y maldiciendo su suerte. Pasaron unos minutos hasta que un ruido le sacó de su ensoñación. Parecía provenir del piso de abajo, seguramente el servicio que procedía a cerrar la casa para la noche. Jeremy contempló el reloj de pared que había al fondo del salón y se dio cuenta de lo tarde que era. “La una de la madrugada” pensó, “mañana no va a haber quién me levante”, y puso rumbo a su habitación.
Todos los habitantes de la casa, a excepción del servicio, se encontraban en el tercer piso del ala izquierda, por ser el más tranquilo y con mejores vistas. Con el efecto del alcohol y el atontamiento del beso en el cuerpo, a Jeremy se le antojó el motivo como algo estúpido. Malditas las ganas de subir tantas escaleras.
El largo corredor donde estaban las habitaciones se iluminaba únicamente con el brillo de un par de apliques situados estratégicamente. Los aposentos de Jeremy se encontraban al fondo del corredor, donde este torcía hacia la izquierda para seguir otros tantos metros. Partner entró en la habitación y encendió las luces de la mesilla. Se quitó la americana y entró en el baño, dispuesto a echarse un poco de agua fría a la cara. Estaba frotándose con agua los ojos picajosos por el sueño cuando le pareció oír un ruido de cerradura a su espalda. Giró en redondo y se acercó sigilosamente a la puerta del baño, dejando el grifo abierto para disimular su movimiento. Lentamente, se asomó desde el baño a la habitación.
Estaba desierta.
El alcohol y el calentón le estaban jugando una mala pasada. Cerró el grifo, se secó la cara y volvió a la cama desabotonándose la camisa. Entonces fue cuando lo vio.
Encima de la cama había un papel que antes no estaba. Era un sobre alargado, completamente en blanco. Lo primero que hizo fue recorrer la habitación con la mirada, verificar los armarios, mirar debajo de la cama y cerrar la puerta con pestillo. Luego procedió a mirar el sobre. Por fuera no había nada importante, así que lo abrió y miró en el interior. Como era de esperar, contenía una nota. Sólo tenía letra por un lado, con una caligrafía muy cuidada y clara, probablemente escrita con una pluma.
“Reúnase conmigo en la Oficina de la planta baja esta noche a la 1,30. Tengo importantes secretos que contarle.”
Aquello se parecía en exceso a una de esas novelas de misterio, con carta y todo. Partner suspiró y pensó en lo ridículo de toda esa situación. Miró el reloj: aún quedaba un cuarto de hora para la cita misteriosa. Se puso a repasar quién podría haberle citado. Lo lógico sería que la condesa, siguiendo con su estricto guión detectivesco, quisiera contarle algún dato interesante recién descubierto.
“Eso no tiene sentido”, pensó “de ser ella, me habría escrito una nota más directa, algo así como “Tengo que darte más información. Ve a la sala de la planta baja a la 1,30. Y procura no llamar la atención, patán inútil.” Y además, le citaría en su habitación, ¿por qué tendría ella que moverse, con lo cómoda que estaba? Para eso era su casa. Lo más probable es que sea Frank, igual ha decidido que puede confiar en mí y contarme sus trapicheos”. Esa idea también la descartó: Frank estaba demasiado borracho como para escribir. Y aún más para ir sigilosamente por la casa. ¿Y el resto de los invitados? ¿Cuál de ellos sabría algo de su interés? Peor aún, ¿quién podría estar al tanto de su misión? La condesa no le había dicho a que personas había hecho participes de su investigación, pero por lo que sabía de la mujer, probablemente su hija fuera la única, no le interesaba meter a nadie más en el ajo. ¿Y si la nota fuera de Anna? Aquella idea dio un matiz más interesante al tema. A lo mejor quería verle a solas otra vez, después de haber sido cortados antes. Una sensación de euforia invadió a Jeremy. Tenía que ser ella, ¿quién si no? Miró el reloj de nuevo y descubrió que ya sólo faltaban cinco minutos. Guardó la nota rápidamente en una cómoda, se abotonó la camisa y se pasó una mano por el pelo, para intentar peinárselo.
Entonces se apagaron las luces.
Partner se puso en tensión, preparado para saltar al más mínimo indicio de amenaza. Pero no ocurrió nada. “A lo mejor ha cortado las luces ella, para evitar que nadie nos pueda descubrir”. Esa idea le pareció de lo más acertada, así que se aproximó a la puerta, quitó el pestillo y, abriendo sigilosamente, salió al exterior. Atravesó el pasillo lo más silenciosamente que pudo, hasta la esquina, donde se detuvo un instante a escuchar a su alrededor.
Iba a continuar con su camino cuando oyó un chasquido sofocado, un portazo y una carrera. Se asomó al pasillo, alarmado, pero no alcanzó a ver nada, estaba todo demasiado oscuro. Avanzó despacio, procurando agudizar la vista para ver en la penumbra al tiempo que tanteaba con la mano por delante. Un cuerpo chocó contra él, haciéndole caer contra la pared en un revoltijo de manos y piernas. Automáticamente, él procedió a aplicar una llave de inmovilización a la persona que tenía encima, mientras estaba emitía quejidos y forcejeaba.
- ¡Suélteme! ¿Qué hace? ¿Está loco?
Era Edward, que se revolvía intentando librarse de la técnica que le aplicaba Partner. Este le soltó y le ayudó a incorporarse.
- ¡Edward! ¿Qué está usted haciendo en el pasillo?
- Eso mismo podría preguntarle yo, William – añadió estirándose. – Estaba en la cama leyendo y de repente se fueron las luces, he salido para ver qué había ocurrido cuando he oído un portazo y alguien que corría, ¿y usted?
- Me ha pasado más o menos lo mismo. – a Jeremy le fastidiaba enormemente aquel contratiempo. Si Edward estaba despierto podría encontrarles juntos, y eso era un estorbo muy peligroso.
- Creo que venía de la habitación de la condesa. – le informó Edward al tiempo que señalaba a la habitación próxima. Era la más grande, con vistas al jardín trasero, el favorito de Miranda. – Deberíamos ver si está bien.
Jeremy olvidó por un momento su cita misteriosa con Anna y se acercaró a la puerta con Edward. Este llamó con los nudillos y ,al tercer golpe, se abrió hacia dentro lentamente. Se quedaron quietos por la sorpresa, a la espera de ver si pasaba algo más. Edward se adentró en la habitación, llamando a la condesa con un susurro.
- ¿Condesa Ravenshire? ¿Está despierta? – no obtuvo respuesta – ¿Miranda?
Partner reaccionó y sacó su mechero del bolsillo. Encendiéndolo, levanto la mano e iluminó la amplia habitación de la condesa. Esta se encontraba tumbada en la cama boca arriba, tapada hasta el cuello.
- ¿Miranda? Se han ido las luces, hemos oído ruido y pensamos que…
La voz de Edward se tornó un ligero gemido cuando la luz del mechero iluminó la cabeza de la condesa. La almohada y las sábanas estaban empapadas de sangre, y la condesa tenía un agujero rojo en mitad de la frente.
- Joder, se la han cargado. – dijo Jeremy.
- No puede ser… – el rostro de Edward se volvía blanco con más rapidez que el cadáver.
Partner se acercó al cadáver y le puso dos dedos en la yugular.
- No tiene pulso… Pero aún está caliente, el asesino no puede andar muy lejos. Debemos alertar a la casa y encontrarle, puede ser peligroso. – el detective pensó en la pistola que tenía en el armario de su cuarto: el asesino estaba armado y la iban a necesitar – Voy a mi habitación un momento, usted quédese aquí y despierte al resto.
Un pálido Edward asintió, mientras miraba fijamente el cadáver de la condesa. Jeremy salió corriendo hacia su habitación, mechero en mano. Por el camino, el tío Freddy se asomó a la puerta.
- ¿Qué está pasando? – preguntó, luciendo un anticuado gorro de dormir.
- Han matado a la condesa – soltó Partner – permanezca en su habitación, el asesino puede andar aún por aquí.
El detective entró como una exhalación en su alcoba, abrió el armario con rapidez y sacó su pistola de la funda. Comprobó que el cargador tuviera balas y retornó por donde había venido. A medio pasillo pudo oir un grito.
- ¡William! ¡Está aquí! ¡Voy tras él! – Era la voz del apocado de Edward.
- ¡No! – replicó Jeremy – ¡Espere!
Oyó claramente el trote precipitado de Edward bajando por las escaleras. Partner apretó a correr y atravesó un pasillo lleno de cabezas alarmadas que se asomaban desde la seguridad de sus habitaciones. Por el camino, vio a Anna salir de su habitación. Aquello lo descolocó, perdiendo sentido la conjetura que había hecho sobre la cita misteriosa.
- ¡Jeremy! – se le escapó – ¿Qué ocurre? ¿Por qué no hay luz?
- ¡Tu madre, Anna! ¡La han asesinado! ¡Y han cortado la luz! ¡No salgas de tu cuarto, es peligroso! – le advirtió al tiempo que saltaba escaleras abajo en pos de Edward.
Estaba llegando al primer piso cuando se percató de que hacía unos minutos que ya no oía ajetreo de persecución. Eso le puso en alerta, tensando sus músculos. Todo seguía oscuro, su mechero estaba apagado desde que salió corriendo de su habitación y no se veía absolutamente nada a partir de tres metros. Empuñó con firmeza su pistola y caminó lentamente por la casa, pegado a las paredes y usando los muebles como cobertura. De nuevo, fue un chasquido seguido de un portazo lo que le alertó. Provenía de la oficina donde se le citaba en la nota. Avanzó más deprisa en dirección al cuarto, apuntando a las sombras con el arma. Llevaba recorrido medio tramo cuando de su derecha surgió una silueta que le propinó un fuerte golpe en la sien con algo frío y duro. Jeremy cayó redondo al suelo mientras la persona que le había atacado pasaba por encima de él en dirección a la salida. No podía ver nada, sus ojos estaban nublados por destellos con un matiz rojo. Pegó varias voces de alarma, indicando que el asesino se iba a escapar por la puerta de entrada, pero nadie le respondió. La pérdida de visión fue remitiendo poco a poco, no así el dolor lacerante en el lado derecho de la cabeza. Jeremy se arrastró por el suelo hasta llegar a la puerta de la oficina. Apoyándose en ella, con la pistola fuertemente agarrada, se puso en pie como pudo. No estaba en condiciones de perseguir a nadie y aún menos de disparar. Todo se movía de una manera un tanto antinatural para encontrarse en tierra firme.
Con un fuerte destello, la luz volvió. El detective parpadeó un par de veces antes de poder ver con claridad. Cubriéndose los ojos con el brazo, se apoyó en la puerta de la oficina para paliar la creciente sensación de mareo que le acuciaba, reforzada por el efecto cegador de la luz. La puerta cedió con su peso y se abrió hacia dentro, haciendo que Partner perdiera pie. Se mantuvo agarrado a duras penas, trastabillando un poco y cayendo de rodillas.
El corazón se le paró en un momento y una tremenda sensación de desconcierto se apoderó de sus sentidos: delante de él, tumbado en el suelo sobre un extenso charco de sangre, estaba el cuerpo sin vida del mariscal Hackenborough.
FIN DEL ACTO I
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